lunes, 25 de febrero de 2008

Cajas de porcelana

Antes de que la vaciaran del todo, visité la casa de mi abuela. La mayoría de las cosas ya no estaban, y lo que sí, estaba en venta. Su sillón, cama y mesa de luz la habían pasado al hogar en donde se encuentra internada.

El silencio combinado con la luz de la araña de cristal digna del palacio que nunca tuvimos le daba una sensación de tiempo congelado a todo. Me acerque a una mesa que tenía dos cajitas de porcelana azul. Una más grande que la otra, con pequeñas flores pintadas.

Abrí la primera para revelar velitas, ya viejas, de colores. El cuarto semi vacío se llenó de luz y ruido inmediatamente. Todos los cumpleaños que celebramos en su casa, las tortas que nos hizo y cómo disfrutaba de nuestra presencia me inundó. Cerré la caja y todo se apagó. Cuando abrí la otra, encontré tres agujas. Y también, podía escuchar a mi abuela corriendo de un lado a otro, pidiendo un hilo de tal color a su amiga de vida, Beba. Hacían vestidos, tejían de todo. Pero cuando cerré la caja todo se apagó.

A mi alrededor tenía muebles de todo tipo, lámparas y cuadros, todas cosas de ella. Pero lo único que me habló de mi abuela fueron un par de velitas y unas agujas oxidadas.

1 comentario:

eresfea dijo...

La memoria de las cosas. La fidelidad de las cosas.