El otro día fui a pintar a la casa de mi tía. Pintaba lo que me salía del alma. Dejé que el pincel haga lo suyo con mi trazo. Por un lado hay muchos colores, muchas energías diferentes. Típicas de una persona multifacética como la soy. Y en el medio, hay una especie de volcancito, fuerte, oscuro que larga una energía que está como que afixiada. Pero mirandolo de lejos, puedo ver que estoy bien, aunque no lo sienta del todo. Estoy en un momento de mi vida en el cual necesito un cambio, una diferencia. El deseo de hacer algo grande es increible. Siempre estuve tan comoda estando en segundo lugar...y ahora veo que la vida me está encaminando a sentarme en centro fijo y gritarle a la gente, sea por un libro, un cuadro, una obra, o lo que fuera, que ellos pueden hacer cosas increibles. ¿Quién me metió esto en la cabeza? ¿Dios? ¿El descubrirme como persona de gran fortaleza? No lo sé. Solo comprendo que al llegar a las puertas de cielo Dios me va a preguntar qué hizo con todo el talento y la fuerza que me dio, y yo voy a tener que responder algo grande, algo que haya tocado la humanidad. Algo que haya aportado a este mundo que cada vez más aprecia lo superficial y lo indoloro y se olvida de lo profundo, de la pasión, del desgarramiento y del sanar, de todas esas etapas de la vida que nos hacen humanos. Todas esas cosas que hacen que el levantarse de la cama sea un nuevo renacer.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario