lunes, 19 de noviembre de 2007

Monólogos de agua


Si una lágrima hablase, qué diría no lo sé. Es una vida corta la de la lágrima. Nace con una emoción, con un pensamiento, con un temor. Muere con un pañuelo, una mano, un hombro ajeno. Qué corta es la vida de una lágrima. A veces nacen solas, o vienen acompañadas por una caravana de hermanas. La gravedad las lleva por diferentes caminos. Pasean por las narices, las mejillas, los labios. Y hasta pueden colgarse de la pera, hasta finalmente caer al abismo entre una pera y el suelo. Una caída infinita. Pobre lágrima. Lamentable sería que nazca una lágrima con miedo a las alturas. ¿Se imaginan? De todas formas, he conocido un par de lágrimas tercas, que no se quieren morir. Se quedan sentadas en el párpado y nublan la vista de sus creadores. Pero no les tengo rabia. No puedo tenerles rabia porque me acompañan de alguna forma. Al menos que este frente a un espejo, el resto de mis lágrimas pasean por mis mejillas, nariz y pera y se van sin ni siquiera saludar. Las pierdo en un santiamén. Pero las tercas no. Las veo, me ven, me saludan, y luego se van. ¿Qué me diría una lágrima a mí? Probablemente no me diría nada, ya que las dos sabemos perfectamente que no va a ser la última vez que vamos a estar juntas. Hasta la próxima lágrima. (Sunday, September 10, 2006)

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